Hay historias que, a fuerza de ser contadas, terminan por convertirse en
leyenda. Y a menudo alguna de esas leyendas engrandecen el mito del país o la
ciudad donde se ubican. La de la coctelería Boadas es una de ellas.
Cuando Miguel Boadas decidió dejar a su madre en Lloret de Mar para volver
a su Habana natal en busca del padre, jamás pensó que regresaría a Catalunya,
que llevaría consigo el oficio de los primos y que éste le daría una dimensión
social y ciudadana que se expandiría mucho más allá de la barra de un bar.
Nunca pensó en todo eso cuando entró a trabajar en El Floridita de Narcís Sala
Perera. Allí hizo los primeros cócteles, conoció a los personajes de la
sociedad habanera de principios de siglo y, a ritmo de jazz y danzón en
aquellos alocados tiempos, decidió que aquella sería su vida.
De vuelta a Catalunya, en 1922, Miguel Boadas trabajó en la Maison Doré, el
Núria y el Canaletas, antes de abrir su propio local en un triangulo esquinado
de la calle Tallers y la Rambla. "Durará
dos años" dijeron los agoreros habituales, pero allí creció la
historia, que contribuyeron a engrandecer Jacinto Benavente, Georges Orwell o
Marcos Redondo, entre muchísimos más. Y, cuando en 1967, ya en el lecho de
muerte, preparó su último cóctel y se lo dio a su hija Maria Dolors pidiéndole
que fuera la continuadora de aquel relato, los Boadas forjaron una leyenda que
ha contribuido a engrandecer el mito de Barcelona. Embrutecida, hoy la ciudad
ha perdido aquel aire soñador. Los turistas se agolpan ruidosamente en la barra
del Boadas y Maria Dolors Boadas falleció el pasado viernes a punto de cumplir
los 82 años.
Su patio de juegos fue la coctelería, creció y estudió con la conversación
Josep Maria de Sagarra, Antonio Machín o Ignacio Agustí de fondo, y tras la
barra fue cortejada por su futuro marido, José Luís Maruenda. Maria Dolors fue
la mejor alumna de su padre, elevó su espectáculo discreto y eficaz a la
categoría de relación personal inteligente y vital. Suya era la frase, "el mejor
maestro es siempre el cliente. El es quien te enseña con la mueca de placer o
de disgusto después del segundo o tercer trago". Y, tal y como le había
pedido Miguel, dedicó toda su vida al Boadas. Maria Dolors Era la anfitriona perfecta
de la fiesta, la mujer afable y elegante que supo convertir el reducido
triangulo de la coctelería en una fiesta de los sentidos.
Estos últimos cuatro años, la pérdida progresiva de la memoria, la alejaron
poco a poco de lo que fue su mundo, a pesar de que el fiel Jerónimo Vaquero (45
años en la casa, actual gerente y barman) se encargó de que nada faltara en la
casa. Jamás dejaron de oírse los boleros de Machín, pero aquel aire del lugar
al que, cuando se regresa, se percibe que nada ha cambiado y que incluso uno
sigue siendo el mismo, como escribió Manuel Vázquez Montalbán, iba cambiando
inexorablemente. El Boadas sigue como siempre, sus cócteles siguen siendo un
oasis para tantos náufragos urbanos, pero ni Barcelona, ni nosotros somos ya
los mismos.
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